miércoles, 21 de enero de 2009

LA MISA ES LA RE-PRESENTACIÓN DEL SACRIFICIO DE LA CRUZ DE CRISTO A DIOS PADRE

Gracias como siempre, a la traducción del magnífico blog "La Buhardilla de Jerónimo", podemos publicar la columna que escribe el Padre Greg Markey en su boletín parroquial(Parroquia St. Mary en Norwalk, CT).

Los últimos dos domingos, he dedicado la “Columna del Pastor” a las Resoluciones para el Nuevo Año. Primero, recomendé que siguiendo la dirección del Papa Benedicto XVI, ya no se reciba la Santa Comunión en la mano, y que comience a recibirse en la lengua. Segundo, he recomendado que comencemos a corregirnos de usar el Nombre del Señor en vano. Esta semana recomendé que todos en la parroquia se hagan el propósito de participar en la Misa según la Forma Extraordinaria de las 9:30, al menos unas pocas veces durante el próximo año.
Para comenzar a comprender el porqué, quizá sea mejor hacer una pregunta: En el día de hoy, ¿cuántos católicos siquiera se dan cuenta de que en la Iglesia hay una crisis litúrgica? Muchas parroquias durante la era del post-concilio Vaticano II cayeron en prácticas litúrgicas irregulares, en tal grado que el Papa Juan Pablo II necesitó comisionar para la Iglesia universal un documento jurídico en el 2004, en orden a tratar el asunto: “Así, no se puede callar ante los abusos, incluso gravísimos, contra la naturaleza de la Liturgia y de los sacramentos, también contra la tradición y autoridad de la Iglesia, que en nuestros tiempos, no raramente, dañan las celebraciones litúrgicas en diversos ámbitos eclesiales. En algunos lugares, los abusos litúrgicos se han convertido en habituales” (Redemptionis Sacramentum, 4).
Que un abuso sea habitual significa que, en la Misa, ni el clero ni el laicado siquiera se dan cuenta que la Sagrada Misa, en la que se ofrece el verdadero culto a Dios, y que forma la identidad católica como ningún otro acto, está siendo deformada. Tal ignorancia de la naturaleza de la liturgia llevó al hoy Papa Benedicto XVI, entonces Cardenal Joseph Ratzinger, a escribir en el 2000: “La educación litúrgica actual, tanto de los sacerdotes como de los laicos, es deficiente en gran medida y esto es deplorable. Queda mucho por hacer al respecto”. Tristemente, estos intentos por parte de Roma para corregir los abusos litúrgicos parecen haber sido virtualmente ignorados por gran parte de la Iglesia a nivel parroquial.
Desde que llegué aquí, a la Iglesia de St. Mary en el 2003, he intentado dedicarme a estos asuntos y, como todos saben, he hecho de la renovación litúrgica una prioridad para la parroquia. Lo primero que hice como pastor fue simplemente poner a la Iglesia de St. Mary en conformidad con las normas de la Iglesia. En los siguientes años, he introducido el canto de las partes de la Misa en latín en todas las Misas, dependiendo de la Misa y de la ocasión, como requieren los documentos: “…procúrese que los fieles sean capaces también de recitar o cantar juntos en latín las partes del ordinario de la Misa que les corresponde” (Sacrosanctum Concilium, 54). En tercer lugar, he reservado el servicio del altar a los varones, en orden a promover las vocaciones al sacerdocio. Finalmente, he intentado imbuir a la liturgia de un espíritu sacro, evitando los saludos y acciones profanas, e intentando crear un programa de música sacra que refleje verdaderamente nuestra antigua y rica herencia.
Más importante: he intentado explicar a todos acerca de los motivos por los que estaba haciendo esto. En estos años, he dado numerosas clases vespertinas sobre liturgia, he dado homilías y escrito columnas en el boletín, intentando explicar el espíritu propio de la liturgia, y las normas litúrgicas auténticas de la Iglesia.
Muchos católicos que se habían visto justamente ofendidos por la profanación de lo sagrado, abrazaron con gozo estos cambios. Otros, aunque no familiarizados con la teología litúrgica, han llegado a comprender mejor por qué una liturgia reverente es una mejor experiencia de oración, y también han apoyado estos cambios.
Sin embargo, las decisiones que he tomado han sido duras para algunos, y ha habido no pocas quejas. Algunas veces me entristecieron las palabras desmesuradas de personas que venían a criticar al sacerdote por ofrecer la Misa según las normas litúrgicas. Esto es para mí un símbolo de la actual crisis litúrgica: muchos años de una liturgia más informal, y de incluso abusos litúrgicos habituales, son difíciles de superar. Más aún, el hecho de que pocas parroquias implementen lo que el Magisterio pide, hace que los cambios en la Iglesia de St. Mary parezcan incluso más extraños.
¿Cuántos católicos comprenden realmente lo que la Misa es: la re-presentación del Sacrificio de la Cruz de Cristo a Dios Padre? (CATIC 1367). Algunos llegan todavía a la Misa dominical o esperando los abusos litúrgicos, o esperando verse entretenidos por el sacerdote, en lugar de descubrir la verdadera razón por la que venimos – la de adorar a Dios, ofreciendo el Sacrificio perfecto, según los medios que nos son dados por la Madre Iglesia.
Si tan solo nos diéramos cuenta que las novedades y la creatividad del sacerdote en la Misa nos alejan de esta realidad trascendente, y que todo esto hace que el acto sagrado sea profanado, quedando a cargo de la mera personalidad del sacerdote. ¡No! Como decía el Padre Pío, debemos rezar humildemente como San Juan y Nuestra Señora al pie de la Cruz. Me gustaría tanto que los comentarios que se me hacen sobre la Misa reflejasen esta comprensión.

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