sábado, 15 de agosto de 2009

LA ASUNCIÓN DE NUESTRA SEÑORA

La Madre de Dios pasó por el trance de la muerte; pero su muerte, causada por el amor y deseo de estar con su divino Hijo, fué semejante a un dulcísimo sueño. Durmióse en la tierra para despertar en el Cielo. Al tercer día, su alma volvió a unirse con su cuerpo virginal, y en cuerpo y alma, acompañada de innumerables ejércitos de ángeles y, apoyada en su Hijo divino, voló al Cielo, donde fué entronizada como Emperatriz de los cielos y de la tierra. Gocémonos en este triunfo de nuestra Madre (Intr.), pues hoy fija para siempre su morada en la celestial Jerusalén y en la plenitud de los Santos (Epíst.)
En la tierra hospedó al Señor mucho mejor que Marta, no sólo en su casa, sino en sus virginales entrañas; en el Cielo goza de su divina presencia con más inefable deleite que María. (Evang. y Com.)
Perdona, Señor, te rogamos, los delitos de tus siervos: y pues con nuestras obras no podemos agradarte, seamos salvos por la intercesión de la Madre de tu Hijo.

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