lunes, 18 de octubre de 2010

MONSEÑOR SLATTERY DENUNCIA LOS ABUSOS LITÚRGICOS Y LA HERMENÉUTICA DE LA DISCONTINUIDAD

La revista Eastern Oklahoma Catholic ha publicado la primera parte de un discurso pronunciado por Mons. Edward Slattery, Obispo de Tulsa, con ocasión del inicio del año académico del Thomas Aquinas College. En esta primera parte, el obispo norteamericano habla de la liturgia y la hermenéutica de la discontinuidad.
La Buhardilla de Jerónimo ha traducido al español los extractos seleccionados por New Liturgical Movement, que a continuación reproducimos.

Todo esto conduce a una importante consideración acerca de la necesidad de recibir de la Iglesia la Liturgia en lugar de tener que inventarla nuevamente domingo tras domingo, o que nuestros grupos de liturgia tengan que improvisar como aplicados zapateros. Lo más importante que podemos hacer para fomentar una liturgia auténtica, lo más importante que podemos hacer para implementar la visión del Concilio Vaticano II, es regresar a la noción de una liturgia recibida, una liturgia que nos llega ordenada y organizada apropiadamente, sin la necesidad de nuestra creatividad o ingenio para ser celebrada satisfactoriamente.
[...]
Al tratar de articular el sentido de pérdida y dislocación que acompañó el abrupto quiebre litúrgico que tuvo lugar en nuestras celebraciones litúrgicas en los años ’60, me siento atraído por el análisis de la situación del Cardenal Joseph Ratzinger. El Cardenal Ratzinger, ahora Su Santidad el Papa Benedicto XVI, describió el principio que legitimó este quiebre en nuestra tradición litúrgica como una hermenéutica o perspectiva de discontinuidad. Aquellos que aceptan esto – y su número aún es legión – muestran un primordial disgusto por todo lo que nos viene de la pasada generación.
Aceptada por liturgistas y profesores de seminarios, y desafortunadamente fomentada por sacerdotes, párrocos y obispos, esta hermenéutica requería un completo corte con todo lo que no fuese moderno o fuese incapaz de ser recreado en un estilo moderno. Esto era así, incluso si requería que la Iglesia renunciase a su antiguo patrimonio litúrgico y a mucho de su vocabulario teológico.
De este modo, los vasos sagrados y los ornamentos fueron descartados con fervor revolucionario, reemplazados con diseños nuevos y a menudo de mala calidad. Gestos antiquísimos como las genuflexiones y plegarias rituales como la acción de gracias antes y después de las comidas se convirtieron en fuente de escarnio y ocasión de burla. Aunque estos gestos y oraciones habían ofrecido a generaciones de católicos una forma concreta de expresar su fe, la hermenéutica de la discontinuidad demandó su remoción y la marginalización de aquellos que sostenían el antiguo modo de hacer las cosas.
Ámbito tras ámbito, el rico patrimonio del pasado fue descartado, no por ser incapaz de expresar o articular la enseñanza de la Iglesia, sino simplemente porque no era “nuevo”. Tenía que ser desmoronado para que pudiéramos hacerlo, recrearlo, en un estilo moderno.

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