miércoles, 9 de marzo de 2011

LA SANTA CUARESMA

Acuérdate, hombre, que eres polvo y en polvo te has de convertir.
En ceniza se convertirá mi cuerpo, aunque goce de honores, títulos y riquezas y le vistan de seda y de piedras preciosas. Las palabras del sacerdote al imponer la ceniza deben hacerme pensar en la muerte y máxima penitencia de mis pecados, y al desprecio de las vanidades y riquezas. Mueren los santos como los pecadores y se vuelven ceniza; pero ¡qué diferencia de cenizas! Las unas son objeto de horror; las otras, de veneración. La tierra misma que ha cubierto los cuerpos de los santos tiene la virtud de hacer milagros. Considera, pues, alma mía, qué gran locura es buscar en el mundo la verdadera felicidad: en la tierra sólo hay pecados, ingratitudes y rebeliones contra Dios que nos llama amorosamente para salvarnos, porque no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y viva.
* * *
Te prometo, Dios mío, hacer penitencia en esta santa Cuaresma, para satisfacer las deudas que ante Ti tengo contraídas por mis pecados, Señor, y detesto de todo mi corazón la vida pasada y te prometo en este santo tiempo volver a Ti, acordándome que soy polvo y ceniza. ¡Perdón, Señor, y clemencia; perdón y piedad!

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